3 EN 1

La vida es una secuencia de ciclos, en donde rara vez se sabe cuándo uno empieza y otro termina. Así, es cierto que nunca se sabe cuándo es la última que se ve a alguien. Y no me refiero solo al acto físico de observar. No.

Bien puede ser esa última vez que se está con un amigo que pronto recibirá una noticia que le impedirá ser el mismo; o podría ser la última vez que hablaste con tu ex sobre asuntos del amor. La gente y su significado cambia con las situaciones que vivimos y las condiciones que les imponemos.

Todos cambiamos. Algunas veces el cambio es tan lento que es imperceptible hasta que es muy tarde para detenerlo. Otras es tan repentino que roza en lo inverosímil.

Estar vivo es cambiar, evolucionar, mutar según el ambiente hasta el día que el cuerpo no dé para más. Pero hay una forma de evitar el cambio, o al menos prolongarlo: escribir el cuento y publicarlo en un blog. De pronto hay un derecho al no-olvido.

Y es por esto, que ad-portas de lo que sospecho será un nuevo ciclo, me surge la necesidad de hablar de uno en especial: la época en la que iba de vacaciones a Pasto .

Si la memoria no me falla, la primera que fui a Pasto fue en el año de 1984, a la casa de mi tía Chava (Isabel). Para ese entonces, mis primos aún estaban en el colegio. Recuerdo la fascinación que me inspiraba la vida de los “adultos”; montaban motos de 50 cc y oían rock en español, tenían novias y peleaban a puños con otra gente. Sus grupos de amigos eran extensos, se la tenían montada entre ellos, con apodos e historias de borracheras, refiriendose a los otros usando palabras que hasta ahora nunca he entendido bien. Desde entonces- nota aparte – me sentí como un alienígena…pero esa es otra historia.

Fue en el año 1992 la última vez que mis padres me enviaron de Bogotá a Pasto a pasar vacaciones, junto con mi hermano menor. Esa vez nos hospedamos en la casa de mi tía Magola, junto con mi primo Esteban. Poco o nada sospechaba que esa sería la última vez que los tres estaríamos juntos sin apuroso o preocupaciones.  

Aún hoy, después de todo este tiempo, puedo sentir los olores de la cocina siempre creativa de mi tía: una mezcla extraña de verduras y vegetales, con un olor a dulce que permeaba todo. Tengo aún grabado en mi mente la sensación del tejido de los sofas de tela en mis dedos mientras jugaba con carritos de juguete. Tampoco podría olvidar la textura de la baldosa café oscura que con tanto aínco la empleada brillaba diariamente y que yo siempre “rayaba” corriendo de un lado hacia el otro.

Cierro los ojos y camino por mi ciudad. Oigo el crugir de los pisos de madera del Javeriano, eco de los balones de basket rebotando debajo de las mini-canchas que rodeaban las plaza central. Levanto la cabeza y ahí está el Galeras, firme como siempre, hito de un sur que hoy está más lejos que nunca.

Y pues sí, he escrito esto con la única intención de grabar el recuerdo y ojalá poder revivir un poco de ese fragmento de vida. Poco a poco voy llegando ahí, a pesar de que cada día esté más lejos.