Una ciudad, fría y sin opciones.

La historia de nuestro protagonista empieza y termina en un breve instante. Se podría pensar que ponerlo en esos términos es injusto, argumentar quizá que no se puede trivializar la existencia humana al absurdo infinito del colapso final, pero así suele funcionar la mente humana: se es tan bueno o tan malo, tan feliz o tan triste, como la acción más reciente. Especialmente si es la última.

Aquella tarde parecía ser una más, normal para el mes de diciembre. La gente caminaba a su alrededor por la acera, al parecer consternadas solo por las preocupaciones normales de vivir en una metrópolis subdesarrollada, esquivando vendedores ambulantes y motos estacionadas en la acera. Por esos días había ocurrido una curiosa alteración en la balanza social gracias al influjo de humanos migratorios, huyendo de la bendición de estar bajo el control de un estado social. Estos afortunados, en su afán por salir, no tuvieron más opción que coger camino hacia su nueva vida, sin nada más que la ropa que pudieron empacar en sus desbaratadas maletas, para hoy tener que pedir limosna, con la contradicción humana de incomodar a la gente de bien en su ciudad pero a la vez ofreciendo sus hermanas, esposas e hijas como entretención.

Extrañamente esta nueva categoría humana parecía darle a los tradicionales ambulantes un halito de superioridad, derivada, tal vez, de la percepción de poseer una templanza inusual. No es lo mismo sostener un cartón con mensajes apelando a la misericordia humana que vender chicles, café, cigarrillos y hasta billetes de lotería; ni hablar del tórrido negocio subterráneo de la marihuana y el perico que algunos de nuestros industriosos vendedores ofrecían en símbolo del futuro progresista de la legalización que tantas entrevistas había generado en la radio por esos días.

Y pues así era, una simple tarde normal. Y como en muchas tardes normales su madre llamó y, contra mejor consejo, contestó la llamada que había ignorado ya un par de veces durante el día. Mientras discutían las más recientes noticias del día, se le hacía cada vez más difícil esquivar el gentío y rodear los pocos árboles que aún quedaban, aquellos dignos sobrevivientes del exterminio de la civilización, erguidos como calaveras empaladas para anunciar la llegada victoriosa del gran Khan.

Entre esto y aquello con su madre sintió como un ave de rapiña, veloz y furiosa, salida detrás del escondite de su ropaje habitual que camuflaba su naturaleza asesina entre el rebaño humano, se abalanzó para rapar el teléfono de su mano que, infortunadamente, reaccionó como toda criatura cazada, intentando huir y alejarse. Grave error. La ave fue más rápida y con un furtivo giro de la muñeca le reventó las tripas a nuestro inane protagonista.

Y pues así era, una suave tarde de diciembre, de esas que evocan la infancia que se pasó jugando en casa de los abuelos, o tomando un café donde la tía que se esmeraba por hacer los mejores buñuelos navideños con postres tradicionales producidos en medio de la guerra fría que sostenía con sus hermanas para determinar la mejor cocinera de la familia – una batalla que había estallado escondida dentro de tantas otras acaloradas discusiones en donde jamás se atrevieron a poner de presente el verdadero motivo de discordia. De pronto era porque sabían que esa pelea, de darse de frente y sin matices, habría acabado cualquier lazo de fraternidad y amor que aún quedaba. Resultaba preferible seguir hablando de los maridos o de sus hijos, pero jamás de la calidad de los buñuelos. Quizá es porque eran una representación de la abuela y quien ostentara el trofeo seria la predilecta de la abuela que hace años había muerto por sobredosis de dulce. Obviamente los beneficiados éramos los sobrinos y, en particular, el único tío de la familia quien como patriarca de-facto tenía la última palabra sobre la calidad de los postres.

Así pues, entre buñuelos y cáscaras de limones rellenas con arequipe, su mente caminaba sobre las aceras del viejo country, tratando de no romperse un tobillo en las ondulaciones producidas por la complicidad de las raíces de los árboles con el terreno fangoso sobre el cual había sido construida la ciudad de Bogota. Recordó dentro del recuerdo a su papá, quien le contó, en alguna de las raras ocasiones en las que rememoró en voz alta, cómo en el año de 1950 se podía remar en un lago ubicado abajo de la calle 72. ¿Cómo habrá logrado esta monstruosa sociedad ponerse de acuerdo para secar un lago y construir un barrio completo? Le parecía algo increíble.

Y fue así, que su mente continuó divagando y caminando mientras su cuerpo yacía tendido en el piso, lentamente dejando liberando, gota a gota, todo estrés y preocupación. Nunca se imagino que terminaría siendo un estorbo más de los impávidos transeúntes que se limitaban a exclamar frases de horror e indignación mientras continuaban su vida. El ave, lejos ya, surcando el cielo ponderaba la opción de buscar otros medios de subsistencia pero la maldita ciudad era de cemento. Fría y sin opciones.