Un café.

“Anoche otra vez me acosté a dormir, aburrido” – dijo, recordando esa extraña sensación que acompaña a la persona que tiene algo pendiente por hacer. “Puede ser simplemente la percepción que resulta de la inevitable comparación de lo que tengo frente a lo que tienen los demás”- continuó. Sin embargo, algo no resultaba cierto de esa afirmación; simplemente, en realidad, hay algo que para él falta.

Muy en el fondo, al ver a través de las inseguridades y mentiras tan cuidadosamente tejidas a lo largo de su vida, no le parece que los demás tengan bienes materiales o inmateriales de los que él carezca. – “Evidentemente basta con ver el Casio en mi muñeca para saber que el cristal de zafiro del vecino tiene un mejor origen…pero esto no es lo que me molesta ni es el punto (si es que hay alguno)” – continúo hablando, mirando fijamente a la taza, concertándose momentáneamente en las suaves olas que generaba su aliento.

Hizo el amago de decir algo, solo para arrepentirse a medio camino. Respiró profundo, quizá resignado a nunca saber que decir.

“Es increíble” – murmuró, sin levantar los ojos del café que parecía de un color negro casi que perfecto, mareado únicamente por las tenues manchas de azul que deambulaban sobre la superficie mientras las pequeñas olas interferian unas con otras hasta estrellarse contra la pared de la taza. Sintiendo el suave roce del vapor en su cara logró musitar: “uno no tiene ni idea en donde puede terminar”.

Pensó, por un instante, justo antes de decidirse a hablar de nuevo, que su indecisión puede ser resultado de la costumbre de rebotar ideas, de jugar pared con una pelota que siempre regresa en direcciones alternas: !una pelota con imaginación infinita! La idea le causó gracia, dejando escapar una sonrisa sin darse cuenta.

“Hace años perdí la sana costumbre de disfrutar lo que hago, sin embargo hoy….hoy es diferente. Ese suave sonido que retumba en mi cabeza, creo que es algo más que los viejos recuerdos que llegan en fragmentos…fragmentos de la lenta e imperceptible deconstrucción ¿Por qué de eso se trata la vida, no? En los años que le siguen al punto cero. Desde el momento en que uno abre los ojos en este mundo, empieza la deconstrucción de lo que originalmente se es, en aras de encontrar lo que uno es en realidad. Es el inicio de este sinnúmero de variaciones de la misma obra.”

Al ver en la cara de su amiga la inequívoca expresión del oyente que ya ha oído ese cuento antes, el hombre sonrió de nuevo sintiéndose un poco ridículo.

Pensó: ¿De qué hablo? ¿Porque será que no puedo simplemente decir lo que estoy pensando sin rodeos? La incapacidad de reconocer lo que quiero, aún en mi callada soledad, me absorbe, me aleja a un ritmo constante, sin pausa, del instante que tanto anhelo y extraño. De aquel momento en que simplemente habría dicho, sin mayores complicaciones y con absoluta tranquilidad: “que buen café y que rico verte de nuevo”.